viernes, 11 de noviembre de 2011

NOCHE VIRTU@L


( E n t r e   c l i c s ,    o j o s    y   s u e ñ o s )

Hoy planeaba no escribirte
sujeto insólito de mis medianoches fútiles
esta noche no, me dije,
no te sería infiel con el teclado
ni con las páginas de un libro barato,
hoy me bastaría con recordar
los suaves y articulados arrebatos
de tus horas de locura envidiable.

Y tendría en cuenta el océano de tu nombre,
y la ortografía y los estribillos
y las risas de tus dedos
y los links de ese tu amor llamado adicción.
Y hoy sabría cuán irreverente eres
y cuán soberbia soy,
y enter

 enter

 enter…


Hoy solo quería pensarte
sonriendo y diciéndome al oído
una fórmula para soñar a diario
con la melodiosa paz de tus ojos
y la incalculable serenidad de tu voz .
Y así, planeaba no escribirte
sin embargo aquí me tienes,
(so pretexto de esporádicas amnesias,
esta pendeja noche de sueños infernales)
con las yemas de estos dedos insensatos,
tocándote en silencio otra vez.

Clic

lunes, 12 de septiembre de 2011

DESPUÉS DE MEDIANOCHE



Desgarrados gritos de auxilio abrumaron el sosiego de la madrugada, eran apenas alrededor de las dos. El nuestro era un barrio tranquilo, eventos como ese no sucedían a menudo, sólo recuerdo una vez, años atrás, cuando hubo un tiroteo a una cuadra en la vieja botica. Muy de vez en cuando un borrachín, que inmediatamente era reducido por el guachimán y eso era todo.

Los gritos de la mujer eran aterradores – ¡Ayudaaaaaaa! ¡No, por favor noooo! –  Luego, más cerca – ¡Por Dios no! ¡Ayúdenmeeeeee! –  Después algo ininteligible.

Unos segundos después un furibundo – ¡Mierdaaaaaaa! – este último grito era la vociferación masculina, entre tosca y aguardientosa de algún fulano, al parecer, ya entrado en años.

La voz femenina que pedía auxilio al inicio ya no se oyó más.

Muy a mi pesar me incorporé, baje de la cama, cogí las pantuflas a tientas salí del dormitorio y fui hacia la sala. En el camino casi tropiezo con Mabel y mi madre, detrás de ellas salía el viejo refunfuñando. Mabel presionó el interruptor de la luz y nos arremolinamos inmediatamente en la ventana. Las luces de los otros departamentos continuaban encendiéndose una tras otra y en unos instantes más, los chirridos de las puertas empezaron a multiplicarse mientras por las ventanas, las siluetas de los vecinos, asomaban.

La ventana de la sala daba al patio, el mismo que conectaba con la calleja principal, de donde parecieron provenir los gritos.  La caseta del guachimán estaba apagada. En silencio, continuábamos con las narices pegadas al vidrio intentando ver hacia el patio.

Forzaba inútilmente el alcance de mi vista; pensando, debió haber sido un gordo cuarentón pendejo que quiso violar a la mujer, o secuestrarla, seguro ebrio. Quizá ella era una putita más, de las que andan calentando a los indeseables en la San Juan de Dios…

El viejo rompió el silencio, dijo que iría a ver. Entretanto ya algunos vecinos empezaban también a bajar de los pisos superiores.

Con la jodida curiosidad que me corroe siempre, fui tras el viejo a enterarme del meollo del asunto. Bajamos con ligereza las antiquísimas escaleras que crujían, pero no como siempre, esta vez era un crujido tibio y sostenido, como atenuante de la desgracia. Al llegar al primer piso hubo mucha confusión, muchos cuerpos cubriendo la visibilidad, el tumulto de curiosos, la mayoría vecinos abajeños, aglutinados en el portón de entrada al edificio; un par de metros más allá el cuerpo de la mujer, menuda, esbelta, parecía joven; formalmente vestida, saco y pantalón, la cara envuelta en sangre que, con la tenue luz, aparentaba un grisáceo brilloso alimentando un pequeño charco que iba formándose en el piso.

Algunos empezaban a acercarse al cuerpo, quizá queriendo adivinar si aún vivía (montón de soquetes) no tenían idea de cómo verificar los signos vitales y empezaban a samaquearla. Me resultó intolerable verlos hacer tal cosa, aún con la repulsión que me causaba la sangre me atreví a abrirme paso casi a empujones con la única intensión de tomarle el pulso ya que ninguno de los curiosos parecía saber cómo hacerlo. Avancé un poco más hacia ella, cuando la vi tan cerca, a pesar de la miserable iluminación y bajo esa mascarilla de sangre semicoagulada que cubría parte de su rostro la reconocí, puta madre, era Luciana. Me inmovilicé. Pensaba (el pulso, el sujeto de la voz aguardientosa, la sangre, está muerta, no, el pulso, cómo se toma el pulso, dónde carajos estaba dios, los gritos, el frío, la oscuridad, malditas luces insignificantes, mi madre, y otra vez el pulso, acaso había olvidado cómo rayos se tomaba el pulso, la última vez que la vi le dije que era una perra, soy una mierda, el ser más desalmado de esta tierra, no tenía derecho a decirle todo aquello, quizá no me podrá oír pedirle disculpas, pedirle perdón, el pulso… carajo, no me he movido un solo centímetro). El viejo me apartó de un tirón y apenas sentí su temblorosa mano sujetándome el brazo jalándome hacia un costado, percibí su pánico, supe que a veces también él sentía miedo.

Se arrodilló al lado de Luciana, estiró los dedos índice y medio, le sujetó la muñeca y presionó. Veinte segundos, diez más, otros veinte; el rostro del viejo se tornó pálido, sus ojos se aguaron toditos; luego soltó su muñeca y lloró, por única vez en mi vida lo vi llorar. Al fin pude moverme, tenía que saber si era cierto, me arrodillé con él, sentí la humedad de la sangre impregnándose en mi pijama de estúpidos osos naranjas, la toqué, tomé su mano y sentí la muerte en ella. Ya no me atreví a tomarle el pulso de nuevo. Mi ropa continuaba absorbiendo la sangre del piso. Limpié  un poco su rostro con mis manos, la abracé, le pedí perdón sin cesar, una y otra vez, con la esperanza de que pudiera oírme, como si con eso bastara para hacerla despertar. El viejo me apartó un poco, me abrazó y lloró conmigo, en medio del murmullo de los vecinos, en medio de nuestro dolor, por fin sentí que el viejo era mi padre, como nunca antes. Era lo que siempre había deseado; y no fui feliz…

El día que Luciana se fue de casa me sentí vilmente triunfadora de una guerra imaginaria entre nosotras, una guerra que yo había inventado inútilmente, una guerra que Luciana nunca aceptó. Una guerra que yo me empeñe en sostener. Debí quererla, pero siempre la envidié, incluso llegué a odiarla. Ella era la buena, la inteligente, la responsable, la hija legítima; yo en cambio era como un bicho en esa casa, pero no de los bichos peligrosos de los que hay tener cuidado sino de los insignificantes, nadie se interesaba en mí más de lo absolutamente necesario, mamá siempre pendiente de Luciana y al cuidado de la pequeña Mabel y su asma, y el viejo que sólo me hablaba para darme alguna orden o hacerme algún reproche. El día que me dijeron que no eran mis padres biológicos me sentí tan ajena a aquellas personas que hasta entonces habían sido mi familia, aquel día creí que jamás podría competir por el cariño y la atención que tenía Luciana; aquel día la odié. Tenía apenas once años y la supe odiar en demasía. Es terrible odiar, aun peor cultivar odios por tantos años porque luego el resto de la vida no alcanza para quitarse la culpa de encima.

Recuerdo esos días malditos, Luciana llevaba dos días fuera de casa, nos dijo que iría de viaje a un congreso de estudiantes, y esa tarde, cuando por desgracia la vi abrazando a un sujeto maduro, de estatura prominente, cuyo rostro evidenciaba mucho más edad que la de ella, no lo dude un solo instante, la seguí cuidando que no se percatara de mi presencia. Y en cuanto me aseguré de la dirección en la que entraba con el tipo, fui a casa a decírselo al viejo y a mamá, agregándole obviamente detalles maquiavélicos y morbosos de mi cosecha. Era mi oportunidad, mi momento, quizá no habría otro igual, fui muy cruel y mis catorce años no me lo impidieron, llevaba tres años acumulando rencores en el corazón y aquel día los dejé estallar.

Al día siguiente volvió, el viejo la abofeteó, ella trato de explicarse, mamá repetía que estaba decepcionada, el viejo la amenazó, ella no lo soportó y dijo que se iría de casa, él la secundó irónicamente, dónde iría, mocosa cojuda, quién le iba a pagar los años de universidad que le faltaban, acaso se prostituiría, se haría amante de ese tipo casado, qué más… Así continuaba azuzándola el viejo. Mamá oía sollozando y cubriéndose de cuando en cuando el rostro con las manos; Mabel oyó el griterío, abrió la puerta de su habitación, tenía la respiración acelerada, a punto de un ataque de asma, mamá le acercó su inhalador y ambas entraron en la habitación, cerrando la puerta. El viejo también se fue a la suya, golpeando la puerta al cerrar.

Luciana parecía desesperada, yo observaba desde la puerta abierta de mi habitación, tal vez disfrutando, Luciana me miró directo a los ojos, no con ira sino con tristeza, fue a su habitación guardó algunas prendas en su maletín rosado (ese que yo detestaba) y a los pocos minutos salió, yo continuaba ahí, la vi con altanería; me dijo que era una mala hermana, que sentía lástima por mí; luego me dio la espalda y caminó hacia la puerta. Enfurecí y le grité que yo podía ser mala hermana pero no era una puta, una ofrecida, una callejera. Se lo dije mientras se iba, se lo grite casi en la nuca y no se defendió, ni siquiera se volvió a verme, y otra vez le grité – ¡te odio puta! – Ella susurró – Yo no. Cerré la puerta, apenas lo hice el viejo salió de su habitación, se me acercó y me dio una bofetada. Quise gritarle, reclamarle, escupirle, pero sólo pude verlo con una mezcla de rencor e impotencia, fui a mi habitación. Él nunca me querría como a ella.

Habían pasado ya seis años, el viejo me seguía viendo desgano, mamá me trataba con su típico cariño mecánico, casi robótico; Mabel, con cierta indiferencia, como a todos. Muchas veces extrañé la mirada llena de cariño que solía regalarme Luciana, pero los odios inefables me sobrepasaron. Supimos poco de ella, algunas pocas veces llamó a casa y habló con mamá diciendo que estaba bien, que no se preocuparan por ella y encargando saludos, o por lo menos eso era lo que decía mamá; sólo ella sabe si tal cosa fue cierta. Yo nunca volví a oír su voz.

Una ambulancia se apareció, los paramédicos dijeron que estaba muerta, lo dijeron como si fuera un asunto insignificante, uno de ellos era rechoncho y masticaba un chicle sin mayor aspaviento.

(¡Desgraciadísimos, ojala fuera su familia y no la mía… puta madre!)

Entonces, esos cuentos de los fantasmas que aparecen después de la medianoche, me cayeron encima. Había ganado mi absurda guerra.


jueves, 8 de septiembre de 2011

LA HISTORIA FELIZ


Hoy me he plantado aquí, frente al computador con la firme convicción de escribir una historia  feliz, llevo casi ocho horas librando una batalla brutal (casi demencial) contra el teclado y no logro escribir nada digno de ser leído; aunque suene poco verosímil, esto es lo único que logré dejar escrito después de decenas de líneas redactadas e inmediatamente borradas.

¿No soy capaz de concebir una historia feliz?...

¡Exijo una explicación!

(A quien quiera que la tenga, sírvase guardársela) Gracias.

Esto es todo cuanto puedo decir acerca de esta mi gran historia feliz, y culmino estas escuetas líneas prometiendo firmemente, con una mano en el pecho y la otra en el techado, no volver a intentarlo. Y con todo, también prometo intentar no cumplir esa promesa.


Yo

sábado, 30 de julio de 2011

UN MAIL A DIEGUITO



Me dirijo a ti con el inmenso cariño que te tuve desde que estabas ahí, pululando en el líquido amniótico de la pancita de tu mamá, mi hermana.

Comenzaste a existir en épocas en las que yo empezaba a morirme en los camastros del viejo hospital general, épocas que seguramente no recuerdas y está bien que no lo hagas. Desde aquel entonces te tengo un cariño casi materno, eres un niño estupendo. Tus padres son afortunados de serlo porque cuando crezcas, serás más maravilloso de lo que ya eres ahora.

Tu madre tuvo el afortunado y muy feliz desatino de ir a verme al hospital siempre que pudo e incluso haciendo peripecias, cuando no podía, y te llevaba dentro suyo a visitar a tu entonces enferma tía adolescente, en aquellos mis tiempos de metamorfosis.

Te escribo hoy que, en uno de los días de lucidez, te tengo presente y me arrancas estas risas al recordarte, TOTOMÍ. Seguramente cuando crezcas odiarás que te llame así, y espero sepas disculparme pues pretendo continuar haciéndolo. Creo que me he ganado ese derecho, los sendos pelotazos que recibo y las muchas gotas de sudor que derramo mientras me sometes a la feliz tortura de jugar contigo esas pichangas inacabables en el polvoriento patio la de casa, el disfrutar de esos tus abrazos totales cuando llego de visita, y que siempre me hagas partícipe de cuanto juego se te ocurre, me otorgan esa trascendental licencia.

Sabes, si tuviera la chance de pasar más tiempo contigo y, una vez más, te me acercaras con tu vieja pelotita en el brazo, proponiéndome ir a jugar “fubol”, iría de inmediato, como siempre, dejando a un lado el libro que fuera, o apagando el televisor aunque esté dando mi serie favorita, y es que esas ficciones no pueden ser mejores que las épicas jornadas lúdicas en las que tú, con apenas 6 años, eres capaz de instruirme tan eficientemente. 

Recuerdo que las dos primeras cosas que compré con mi primer sueldo fueron, un abrigo para mi madre (me lo había prometido a mí misma) y lo otro fue un juego para armar figuras con cuadrículas, de esos de los que usualmente los niños pierden la mitad de las piezas en un par de días, te lo mande por tu cumpleaños el año pasado que cumpliste 5 y que no pude estar contigo por el “bendito” trabajo. Y fue increíble ver que en mi última visita sacaste la caja (en muy buen estado) con las piecitas completas y me dijiste ¡vamos a armar!... me enseñaste como engarzar las piezas y en tu tierna ingenuidad, casi me regañaste por no recordar como manipular tal juego, si había sido yo quien te lo había regalado. Imagino que debes haber estado pensando “¡que tontos y olvidadizos son los grandes a veces!”. Y es cierto.

Te platico ahora estas sutilezas porque muy probablemente cuando, en algunos años más, ya seas todo un adolescente y un deportista sobresaliente, no querrás que te avergüence con estas anécdotas y es más que seguro que ya no querrás jugar fútbol con esta tu tía incompetente en la práctica del deporte que tanto te gusta. Espero que para entonces te hayas acostumbrado a que te siga llamando TOTOMI y hayas disculpado mi atrevimiento de platicar estas intimidades a través de estas líneas que, muy probablemente, ya habré hecho públicas, gracias al impertinente rincón que ocupo en la red.

Sin más, me comprometo a cumplirte estas dos promesas.

Primero, prometo ya no ser la tía que siempre decía que volvería a visitarte el próximo fin de semana, y que casi siempre demoraba meses en llegar. Y segundo, prometo no divulgar públicamente la historia del motivo por el cual te digo TOTOMÍ (todo un reto para mí, ten en cuenta que yo soy muy mala guardadora de secretos, porque en mis delirios de escribidora casi siempre lo cuento todo, y a veces, más que eso).
Sólo me queda agradecerte mucho el haberle dado a mi enredada vida esas pequeñas gigantes dosis de ternura y alegría, y haberme elegido para ser tu tía favorita aunque a veces no lo merezca.

 P.D.
Ah, olvidaba una promesa más.

Prometo, por último, ser la tía que irá a verte al estadio y te aplaudirá en todas tus finales de campeonato.




Junio de 2010

jueves, 16 de junio de 2011

TARDES Y tardes


Captura furtiva de locuras, de lamentos y de secretos roídos,
de aquellos que a la tumba se deberían llevar,
doblega la dureza de esta tarde incolora
como besos desiertos,
como fútiles promesas de curas incastos.

Terminará la tarde
y volveré a casa despacio
pisando hierbas y caricias de algodón
que han de morir a pocos,
como aquel disfraz huidizo
de un sosiego que no logro alcanzar.


Uno de estos días escribiré cartas
y abriré enormes puertas,
romperé cerrojos con lágrimas de euforia vital
y me reflejaré en hermosos ojos,
haré cuanto tenga que hacer
para liberar las locuras,
acallar los lamentos
y gritar los secretos
ante un público que quiera abuchearme.

Luego me disfrazaré de sosiego
y seré paz en mi viejo rincón;
en los días de locura
leeré las cartas de mi autor
y en las noches de lucidez
haré el amor con los recuerdos.



jueves, 26 de mayo de 2011

REFUGIO DE VERANO




Entonces…
Te vi caminando a la orilla de un mar ignoto,
de pronto una palabra casi dicha,
una esperanza casi encontrada,
todo en un irremediable  “casi”.

Despacio, parecen acabarse imponentes olas
allá, donde el espíritu se olvida
o quizá son los demás quienes lo olviden
allá, en medio de esa playa indescifrable,
inexpugnable.

Un ocaso de ilusiones se acerca
y en cuanto la dulce tiniebla lo cubre todo,
el espíritu se recuerda a sí mismo,
las palabras son dichas,
las esperanzas encontradas
y los “casis” juegan a desvanecerse
dejando una sensación placentera,
como hecha de basto erotismo.

La insufrible agonía del espíritu
que finge ahogarse en nimiedades,
en tristezas vanamente holocáusticas
buscando aguas de océanos irreales
donde ahogar sus infelicidades,
caminando descalzo
sobre arenas fantásticas de playas evaporadas.

Allí te vi, y no fue un sueño
fue un tierno y doloroso recuerdo,
una dádiva del espíritu cautivo,
de cuando aún no sabía que era
aquel que tenía que ser.


domingo, 22 de mayo de 2011

CUARTETO

(Cuatro personajes insemejantes, unidos irremediablemente en un terco puñado de versos)


                        I
Un muchachito sumiso
entrecortado con tijeras de papel,
abiertos sus ojos y escondida su alma
en el bosque de aquella señora burda y hética
a la que todos llaman Certeza.


                         II
Un fulano de la calle olvidada
que soñaba con girasoles y calas
y con bichos de colores ,
que añoraba las noches de amor salvaje
con la mujer de pechos grandes y besos pagados
que se hacía llamar Prudencia.


                        III
Un hombre pulcro y elegante
manejando un lamborghini del año
va a más de cien por hora,
huye de fantasmas insufribles
que agonizan en su espejo retrovisor;
desentona  sobre el camino polvoso
del pueblo de la Bonanza.


                        IV
Un tierno niño ausente,
impregnado de angelical aroma,
juega en algún rincón inverosímil
con  camaleones de cristal
y víboras de cascabel,
y susurra,
al enigmático son de un pandero,
canciones de Perfección .



lunes, 16 de mayo de 2011

Clase Magistral

¾  ¡Cállate, viejo decrépito! ¾ Gritó Oscar, mirándolo directamente y sin titubeos. Luego agregó, en un tono increíblemente calmado ¾ Hijo de puta, no tienes idea de todo lo que trabajé en esto,  me quieres cagar enfrente de todos solo porque te caigo mal, así que vete a la mierda carcamal cutre prepotente, tú y tu coprolalia vetusta váyanse al mismísimo infierno…
Inmediatamente cogió con la mano izquierda el maletín que había dejado en la primera mesa de la primera fila del lado de la puerta y avanzó a paso lento pero firme, mientras con la otra mano se iba aflojando el nudo de la corbata color turquesa que, de seguro, se esforzó anudando aquella misma mañana. El silencio inundó el salón, mezclándose con la sigilosa luz que penetraba por entre las hebras de la tela vieja de las cortinas guindas. Cuando, al fin, abrió la puerta y se fue, la claridad se dio paso y pudimos ver el rostro despejado e indiferente de “Mamani”, dueño y señor del curso de lexicología y semántica del penúltimo año de la carrera, setentón complejo e impredecible que de vez en cuando soltaba un par de lisuras porque sí y ya. Tenía la brutal costumbre de un infaltable cigarrillo encendido entre sus dedos y un libro en el sobaco, jamás lo vimos leer ninguno, pero siempre los llevaba ahí, vilmente, entre los hedores axilares.
Era trece de junio, las nueve y media de la mañana aproximadamente, Oscar  era el veinteañero más aplicado de la clase, el que nunca decía lisuras (por lo menos en público), el que nunca incumplía las tareas, el que siempre intervenía oportunamente, en fin, el que repetidas veces se pavoneaba con las felicitaciones de los maestros, era lo que se dice, el “antipático” de la clase.
Su batalla contra “Mamani” surgió aquel mismo año, el primer día de clases, cuando el profesor lanzó algunas lisuras al aire, o quizá a nosotros, que apenas empezábamos a conocerlo. Recuerdo que ese día “Mamani” llegó con una sospechosa serenidad, en realidad todo en él era sospechoso, entró al salón como un espectro, saludó brevemente y se presentó ¾ Soy un hombre que ama el español y que no tolera las faltas ortográficas, mi nombre es Moisés Mamani Olazabal, emperador de este curso y posible tirano al que ustedes llamarán profesor ¾  Hizo silencio durante casi un minuto, para luego, en tono suave, darnos una magistral clase de neologismos y finalizar con un gesto intrigante, dos palabrejas ininteligibles y dos mierdas perfectamente vocalizadas que nos dejó perplejos.
Entonces, Oscar alzando la mano y sin esperar la venia de “Mamani”, se puso en pie, dijo estar en desacuerdo con su vocabulario porque le parecía de pésimo gusto, sobretodo, viniendo de quien se suponía debía ser nuestro ejemplo en el uso correcto y formal del léxico español. Desde aquel día, “Mamani” comenzó a mirar a Oscar de forma extraña, parecía querer irritarlo con su insistente repetición de lisuras al pasar cerca suyo.
Oscar optó por ignorarlo, ensordecía ante el boquiflojo Mamani, mientras éste gozaba viendo los disfuerzos de serenidad que mostraba su fetiche alumno. Era una batalla sin tregua, no supimos quién iba a llevarse la victoria hasta ese trece de junio, ese viernes trece de junio, el trece de  junio más corto de todos los treces de junio que Oscar pudo tener.
Supimos que Oscar se había pasado dos noches enteras sin dormir, preparando su presentación, entre los potentes llantos de su hermanito de tres meses y el cansancio habitual de quien trabaja por las mañanas y asiste a la universidad por las tardes. Con el tiempo  cruel e insuficiente de quien se convirtió en el hombre de la casa desde hace seis meses atrás, con un padre fallecido, un hermano convertido en hijo y una madre incansable que supo que lo era después de la muerte del marido.
Oscar había soñado con aquel trece de junio, tenía que haber sido el mejor trece de junio de su historia universitaria, ese trece de junio él debió haberse coronado como el antipático del año para todos nosotros, y no fue así.
Preparó su clase como nunca antes, quería abofetear intelectualmente a “Mamani”, pero ese tipo era un zorro viejo, demasiado canoso como para ser compasivo, un completo antioscares. Aunque el trabajo hubiera sido el más brillante de todos los que había escuchado de alumno alguno en su vida, él tenía que ser el profesor Mamani que Oscar nunca podría olvidar, y vaya que lo fue. No lo dejó hablar más de dos minutos seguidos, interrumpiéndolo con demenciales preguntas.
  -   ¿Qué fecha es hoy? ¡Mierda que no pueda recordarlo! … Continúe, continúe.
    …
  -  Carajo, ¿Está usted seguro?
   …
   ¿Por qué carajo tomó como referente a ese autor?
   …

Dicen que a la tercera va la vencida, pero no para Oscar, con él fue a la cuarta; porque mientras continuaba intentando lucirse explicándonos el funcionamiento de la semántica, interrumpió nuevamente “Mamani”:

- ¿De qué carajo está usted hablando? … Y esa fue la cuarta que Oscar ya no pudo tolerar.

Después de aquella memorable escena, y cuando Oscar ya había abandonado el salón, Mamani, que había permanecido sentado algunos instantes más, se levantó, apagó un cigarrillo a medio acabar, e hizo el siguiente pronunciamiento acerca de lo sucedido.
“Señores, el joven que acaba de salir de este salón es el alumno que, como ningún otro, se ha ganado mi respeto. No he escuchado ni la tercera parte de su trabajo pero sé que es bueno, además debo decir que es el sujeto que mejor vocaliza todas y cada una de las lisuras que utiliza y, por si eso fuera poco, las utiliza de manera impecable”.  Después añadió  ¾  para mañana todos elaboren un ensayo de tres páginas acerca de su profesor Mamani, evitando todo tipo de falsas insinuaciones lisonjeras y faltas ortográficas. Buenos días, señores  ¾  Tomó su libro, lo puso en su sobaco, encendió otro cigarrillo, le dio una buena jalada, soltó el humo y salió con un gran gesto de satisfacción en el rostro y los pasos apurados, como intentando pisar las huellas que Oscar había dejado al irse.

jueves, 5 de mayo de 2011

A MAMÁ

A propósito de la fecha, y viéndome sutilmente disminuida entre tanto hijo querendón, me corroe la necesidad de auto proclamarme la hija más afortunada y sacar la luz una carta que le escribí a mamá hace un par de años, carta que aún no le entrego,  y con la cual intento describir el amor y la gratitud que nunca serán suficientes para un ser tan maravilloso como ella.
Debo decir también, que mi experiencia de vida me ha llevado a la conclusión de que las madres son seres sobrenaturales y mágicos en cuya función tiene lugar el germen del amor.
Máximos deseos de felicidad para  las madres y para quienes cumplen la función de serlo.

                                                                             Dicen que las personas sabias
                                                                son aquellas que menos parecen serlo.

CARTA A MAMÁ 

Increíble y genial Maggi:
Eres el ser más humano del mundo, y hace más de veinte años tuviste la gentileza de permitirme existir. Me has contado muchas veces que cuando nací y me entregaron en tus brazos, la enfermera te dijo que yo tenía una marca curiosa en la frente y que seguramente iba a ser loquita cuando fuera grande. No sé si ya soy grande, no sé si llegaré a serlo, pero algo loca sí debo estar, definitivamente. Aquella enfermera debió ser una especie de zahorí, vidente o algo así. Nunca he logrado notar la dichosa marca cuando me pongo enfrente del espejo, pero allí debe estar,  tal vez la locura me impida verla.
Aún no tienes ni idea que escribo, te conozco y sé que cuando sepas que lo hago, no te agradará del todo. Imaginas que lo que hago cuando me paso horas enteras en el computador es hacer las prácticas para mis clases o leer documentos para el trabajo, y es que ves con absoluta desconfianza estás reverendas “cojudecitas de la tecnología”, como tú las llamas.  Cada vez que intento enseñarte a manipular el computador y los nuevos aparatejos, llámese mp3, mp4 y cualquier otra eme, me choteas olímpicamente y te vas a “hacer tus cosas”. A ti te basta con saber manipular los artefactos que tengan que ver con los quehaceres de la casa y tu antiquísimo radio, ese radio que yo ya veo como toda una reliquia, que capta sólo en AM, que funciona únicamente a pilas, y que es chiquito pero potentísimo, como tú.
Tú sí que tienes siempre cosas importantes que hacer, y no podría ser de otro modo, de lo contrario, te  hubiera sido imposible hacer sobrevivir a cinco de los siete hijos que, muy joven, las circunstancias poco favorables, te orillaron a tener.
Te amo por la sensatez con la que abordas los conflictos, por tu fortaleza, por tu valentía, el sentido del humor tan mágicamente genuino que posees, y porque eres sencillamente sabia, con esa sabiduría que no se encuentra ni en los libros ni en la escuela.
Has sido mi madre y mi padre y serás siempre la mitad de mi vida. Eres la única persona que tiene la osadía de llamarme “Monchi” y que me jala los pies cuando estoy en pleno contubernio matinal con mi eterno amante Morfeo. Eres la única a quien se lo tolero y así seguirá.
Los años te atosigan con vehemencia, tu cabellera se torna blanquecina y los pliegues en tu piel se fijan con terquedad; sin embargo, a diario te veo plantarte con una vitalidad envidiable antes de las cinco de la mañana, cosa de la que yo soy absolutamente incapaz (porque yo, a esa hora, y con el rubor de la vergüenza ya superada, simplemente no funciono).
No hay nadie más divertida que tú para cambiarle de nombre a los fulanos o los zutanos. Contigo, el viejo médico de la cuadra, don Evaristo, termina llamándose “Don Ruperto” o “el aguelo de la pata guejra” y sólo tú tuviste el talento hogareño para llamar “Clorofila” a la única malhumorada gallina de casa.
Jamás podré terminar de agradecerte que hayas sido la mártir que fuiste por nosotros, tus hijos, y que ya no quiero que sigas siendo, es tu momento de brillar.
Gracias  por haberme puesto los límites donde correspondía, gracias a ti aprendí a saltarme las bardas de lo permisible y aceptarme como soy, y a ser como quiero y cuando quiero, con esa versátil minimización de las críticas y del qué dirán. Me enseñaste lo más importante: buscar siempre ser libre y saber que el daño deliberado hacia otro, impide la libertad.
Para cuando leas esto (si acaso lo haces), seguramente, ya será demasiado tarde para persuadirme de no hacerlo, y habré decidido publicar alguno o varios de los escritos que llevo acumulados, en la clandestinidad del computador.
Espero no haberte decepcionado demasiado y quiero que sepas que haré todo cuanto pueda para hacerte brillar, con ese brillo que nos unta la felicidad, porque si alguien que yo conozca en este mundo se lo merece más cualquiera, eres tú, SEÑORA de mi vida.  Por tanto, recuerda que mereces brillar, brillar mucho.

Te amo siempre.

“Monchi”

martes, 3 de mayo de 2011

SILUETAS SILENCIOSAS



Cada agosto volvías

ansioso de trazos de ilusión
que ayudaran a burlar tus quiméricos temores.

Cada agosto hurtabas mis insolentes afonías,
te me acercabas en demasía,
mis manos rozaban las sinuosas lozanías de tu rostro,
así rompías mis silencios
hasta setiembre,
cuando te desvanecías.

Este agosto extraño y cómplice
trajiste mensajes indescifrables
en el pardo renuente de los ojos,
una mirada ávida de atrapar respuestas
y encerrarlas en jaulas de incienso.

Este último agosto
fue un agosto adiciembrado,

dadivoso,
por fin atrapaste respuestas
y con ellas a ti mismo,
cansado de tanto huir ahora estás quieto
vigilando ocupadas jaulas
y elucubrando estrategias para ser feliz
mientras las siluetas del miedo
sigilosas, de cerca, te observan,
llaman a gritos inútilmente
y luego , derrotadas, se van.

Este agosto hurtaste más que silencios,
robaste también besos

envueltos en versos de lúgubres colores.
Pronto la noche se irá
y con la luz del amanecer de setiembre
podremos hurgar en nuestras pieles otra vez
y quizá, a ojos cerrados, luego dibujarnos
y cubrirnos con versos.

miércoles, 13 de abril de 2011

Jeans de bolsillos pequeños


Sé que todavía buscas
aquella historia que me llevé,
una historia gris enmarcada en sonrisas
y escrita con flores rojas.
Olvidaste que yo tengo los bolsillos pequeños
y los amores amplios,
que me encantan los girasoles
y que detesto las rosas,
ya lo olvidaste.

En primavera salí,
encontré nuevas historias,
recuerda que mis jeans tienen bolsillos pequeños,
que odio las carteras y los bolsos
y que mi habitación es una ratonera
llena de quesos bañados en chocolate
donde no hay espacio para grises sonrisas
ni rojas flores.

Recuerda que jamás cupieron girasoles rojos ni promesas de amor
en los bolsillos pequeños,
que las historias no siempre se pueden recordar
y que el otoño es el invierno de la primavera.

No olvides que mis jeans tienen bolsillos pequeños
y que me encanta apagar el celular mientras duermo
porque quizá haya un sueño
o cualquier bella razón para no despertar.

sábado, 2 de abril de 2011

YO SÍ VOTARÉ POR PPK

Dicen que somos jóvenes y que esto es sólo una moda casi mecánica e irreflexiva, que el hecho de que le hayan vulnerado las pudendas zonas varoniles y lo gracioso del PPKuy son las únicas razones del voto por la agrupación ALIANZA POR EL GRAN CAMBIO, liderada por Pedro Pablo Kuczinsky y ojo, léase, subráyese y resáltese en negritas la palabra li-de-ra-da.
Desde aquí, bloguera en estreno, estudiante universitaria, y principalmente ciudadana peruana con dos dedos de frente, me tomo la licencia de considerarme joven, tengo 24 años, NO soy militante de ningún partido político y votaré por PPK porque:
1.      Es un hombre próspero, cosmopolita, y un empresario exitoso e inteligente. A estas alturas de su vida es improbable que quiera acumular más millones de los que ya tiene para ir a disfrutarlos después (no es un jovencito con toda una vida por delante), y por otro lado, tampoco lo necesita, es un hombre próspero y no le hace falta amasar fortunas insanas.
Tiene experiencia en el manejo y funcionamiento del aparato estatal. Ha trabajado mucho tiempo como docente, economista y funcionario.
Le achacan la recurrente  e insuficiente “culpa” de tener una nacionalidad adicional a la peruana, y bueno, sopesemos moralmente el caso: ¿qué es mejor, un peruano que está dispuesto a renunciar a cualquier otra nacionalidad por la convicción de hacer algo bueno  por el Perú, o un peruano que está dispuesto a ser el proxeneta de su patria ante el lunático proyecto de Chávez y su puñado de achichincles lame suelas?

2.      No votaré por Ollanta Humala, que escuchó la “iluminación divina” con dejo venezolano en los últimos tres meses y dice que ya no hará lo que hasta hace muy poco aseguró que haría. Basta darle un vistazo a su plan de gobierno para saber que pretende seguir un modelete meramente chavista.
Se me erizan los vellos de la piel nada más de imaginar a mi país como una nación avenezolada. Con la anulación de la libertad de expresión y la absurda negación al intercambio comercial con cualquier otro país que brinde las condiciones justas de negociación. Chávez ha resistido en su cápsula de contumacia todos estos años gracias al petróleo, pero ya viene desmoronándose de a pocos su imperio de naipes petroleros  porque evidentemente esos modelos terminan siempre mal, la historia lo demuestra.
Firma, muy orondo, un compromiso de respeto hacia la libertad de expresión mientras en su plan de gobierno, página 57 sólo se puede leer absolutamente todo lo contrario.
El camino más certero para joder al Perú, es el estatismo, sin duda alguna. Ese mismo que Humala tiene escrito en su plan de gobierno, que no se atreve a decir abiertamente y que está muy bien escondido junto al polo rojo que solía lucir.
Ollanta está suficientemente grandecito como para tanta volubilidad, me parece.
A él, simplemente no le creo.

3.      No votaré por Keyko Fujimori. Y no lo haré, no porque sea hija del errático Alberto, que imagínense ustedes si a nosotros nos juzgaran por los actos condenables de nuestros padres; sino porque creo caería en lo propio de la inexperiencia en el ámbito político. Su única experiencia en ese campo resulta ser el haber sido la hija del presidente, mientras estudiaba en universidades extranjeras. El problema con ella, es que cree que su padre no hizo lo que hizo, su cariño filial, justificado al fin y al cabo, la hace ver influenciable. Si reconociera que su padre cometió delitos y ahora está pagando por sus deudas con la sociedad (y no por eso tendría que dejar de quererlo como padre), otra sería la historia.

4.      No votaré por Alejandro Toledo que ya divaga ninguneando a PPK, y ahora cree que no es peruano, y vaya que no opinaba así cuando lo nombró ministro. Toledo un poco torpe, desde su podio en el primer lugar de las encuestas, se preocupó demasiado en tirarle suficiente mierda a su ministro PPK, que ante tanto ataque sólo se defendió.
El Goliat de las encuestas contra el David, como en los tiempos bíblicos, un Goliat muy muy grande y muy muy sonso también. ¿Extravió la inteligencia?, sólo en el peor de los panoramas  y si PPK no estuviera en carrera votaría por él.

5.      No votaré por Luis Castañeda (“Luchito”), que de paso y dicho de su propia boca, siempre está en otra nota. Lo poco que dice, encima lo dice mal. Poca comunicación, y dentro de esa poca, mucha fanfarronada.
 Cuando los planes de gobierno tienen varias y buenas coincidencias, (excepto, claro, el de Ollanta Humala) entonces sólo queda ver quién es la persona más proba, a quien se le puede brindar una oportunidad por los méritos, y a quien descartar por los deméritos; y por qué no, al fin y al cabo, elegir a quien nos muestra una mejor hoja de vida, emana mejor el aroma de credibilidad y luce mejor el color de la simpatía.  Aunque a algunos les moleste, es lo que hay y es así como funciona.
No sé si PPK gane las elecciones, ni siquiera sé si pasará a segunda vuelta, lo que sí sé es lo que yo haré con MI VOTO, mi conciencia ciudadana y democrática podrá estar tranquila al salir de mi centro de votación este domingo 10, con el dedo manchado  y el stiker  correspondiente adherido en mi DNI.
Felices elecciones 2011 y piense en las razones antes de ir a marcar la cédula, mire que se trata de la situación que nos espera los próximos años.