jueves, 5 de mayo de 2011

A MAMÁ

A propósito de la fecha, y viéndome sutilmente disminuida entre tanto hijo querendón, me corroe la necesidad de auto proclamarme la hija más afortunada y sacar la luz una carta que le escribí a mamá hace un par de años, carta que aún no le entrego,  y con la cual intento describir el amor y la gratitud que nunca serán suficientes para un ser tan maravilloso como ella.
Debo decir también, que mi experiencia de vida me ha llevado a la conclusión de que las madres son seres sobrenaturales y mágicos en cuya función tiene lugar el germen del amor.
Máximos deseos de felicidad para  las madres y para quienes cumplen la función de serlo.

                                                                             Dicen que las personas sabias
                                                                son aquellas que menos parecen serlo.

CARTA A MAMÁ 

Increíble y genial Maggi:
Eres el ser más humano del mundo, y hace más de veinte años tuviste la gentileza de permitirme existir. Me has contado muchas veces que cuando nací y me entregaron en tus brazos, la enfermera te dijo que yo tenía una marca curiosa en la frente y que seguramente iba a ser loquita cuando fuera grande. No sé si ya soy grande, no sé si llegaré a serlo, pero algo loca sí debo estar, definitivamente. Aquella enfermera debió ser una especie de zahorí, vidente o algo así. Nunca he logrado notar la dichosa marca cuando me pongo enfrente del espejo, pero allí debe estar,  tal vez la locura me impida verla.
Aún no tienes ni idea que escribo, te conozco y sé que cuando sepas que lo hago, no te agradará del todo. Imaginas que lo que hago cuando me paso horas enteras en el computador es hacer las prácticas para mis clases o leer documentos para el trabajo, y es que ves con absoluta desconfianza estás reverendas “cojudecitas de la tecnología”, como tú las llamas.  Cada vez que intento enseñarte a manipular el computador y los nuevos aparatejos, llámese mp3, mp4 y cualquier otra eme, me choteas olímpicamente y te vas a “hacer tus cosas”. A ti te basta con saber manipular los artefactos que tengan que ver con los quehaceres de la casa y tu antiquísimo radio, ese radio que yo ya veo como toda una reliquia, que capta sólo en AM, que funciona únicamente a pilas, y que es chiquito pero potentísimo, como tú.
Tú sí que tienes siempre cosas importantes que hacer, y no podría ser de otro modo, de lo contrario, te  hubiera sido imposible hacer sobrevivir a cinco de los siete hijos que, muy joven, las circunstancias poco favorables, te orillaron a tener.
Te amo por la sensatez con la que abordas los conflictos, por tu fortaleza, por tu valentía, el sentido del humor tan mágicamente genuino que posees, y porque eres sencillamente sabia, con esa sabiduría que no se encuentra ni en los libros ni en la escuela.
Has sido mi madre y mi padre y serás siempre la mitad de mi vida. Eres la única persona que tiene la osadía de llamarme “Monchi” y que me jala los pies cuando estoy en pleno contubernio matinal con mi eterno amante Morfeo. Eres la única a quien se lo tolero y así seguirá.
Los años te atosigan con vehemencia, tu cabellera se torna blanquecina y los pliegues en tu piel se fijan con terquedad; sin embargo, a diario te veo plantarte con una vitalidad envidiable antes de las cinco de la mañana, cosa de la que yo soy absolutamente incapaz (porque yo, a esa hora, y con el rubor de la vergüenza ya superada, simplemente no funciono).
No hay nadie más divertida que tú para cambiarle de nombre a los fulanos o los zutanos. Contigo, el viejo médico de la cuadra, don Evaristo, termina llamándose “Don Ruperto” o “el aguelo de la pata guejra” y sólo tú tuviste el talento hogareño para llamar “Clorofila” a la única malhumorada gallina de casa.
Jamás podré terminar de agradecerte que hayas sido la mártir que fuiste por nosotros, tus hijos, y que ya no quiero que sigas siendo, es tu momento de brillar.
Gracias  por haberme puesto los límites donde correspondía, gracias a ti aprendí a saltarme las bardas de lo permisible y aceptarme como soy, y a ser como quiero y cuando quiero, con esa versátil minimización de las críticas y del qué dirán. Me enseñaste lo más importante: buscar siempre ser libre y saber que el daño deliberado hacia otro, impide la libertad.
Para cuando leas esto (si acaso lo haces), seguramente, ya será demasiado tarde para persuadirme de no hacerlo, y habré decidido publicar alguno o varios de los escritos que llevo acumulados, en la clandestinidad del computador.
Espero no haberte decepcionado demasiado y quiero que sepas que haré todo cuanto pueda para hacerte brillar, con ese brillo que nos unta la felicidad, porque si alguien que yo conozca en este mundo se lo merece más cualquiera, eres tú, SEÑORA de mi vida.  Por tanto, recuerda que mereces brillar, brillar mucho.

Te amo siempre.

“Monchi”

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