¾ ¡Cállate, viejo decrépito! ¾ Gritó Oscar, mirándolo directamente y sin titubeos. Luego agregó, en un tono increíblemente calmado ¾ Hijo de puta, no tienes idea de todo lo que trabajé en esto, me quieres cagar enfrente de todos solo porque te caigo mal, así que vete a la mierda carcamal cutre prepotente, tú y tu coprolalia vetusta váyanse al mismísimo infierno…
Inmediatamente cogió con la mano izquierda el maletín que había dejado en la primera mesa de la primera fila del lado de la puerta y avanzó a paso lento pero firme, mientras con la otra mano se iba aflojando el nudo de la corbata color turquesa que, de seguro, se esforzó anudando aquella misma mañana. El silencio inundó el salón, mezclándose con la sigilosa luz que penetraba por entre las hebras de la tela vieja de las cortinas guindas. Cuando, al fin, abrió la puerta y se fue, la claridad se dio paso y pudimos ver el rostro despejado e indiferente de “Mamani”, dueño y señor del curso de lexicología y semántica del penúltimo año de la carrera, setentón complejo e impredecible que de vez en cuando soltaba un par de lisuras porque sí y ya. Tenía la brutal costumbre de un infaltable cigarrillo encendido entre sus dedos y un libro en el sobaco, jamás lo vimos leer ninguno, pero siempre los llevaba ahí, vilmente, entre los hedores axilares.
Era trece de junio, las nueve y media de la mañana aproximadamente, Oscar era el veinteañero más aplicado de la clase, el que nunca decía lisuras (por lo menos en público), el que nunca incumplía las tareas, el que siempre intervenía oportunamente, en fin, el que repetidas veces se pavoneaba con las felicitaciones de los maestros, era lo que se dice, el “antipático” de la clase.
Su batalla contra “Mamani” surgió aquel mismo año, el primer día de clases, cuando el profesor lanzó algunas lisuras al aire, o quizá a nosotros, que apenas empezábamos a conocerlo. Recuerdo que ese día “Mamani” llegó con una sospechosa serenidad, en realidad todo en él era sospechoso, entró al salón como un espectro, saludó brevemente y se presentó ¾ Soy un hombre que ama el español y que no tolera las faltas ortográficas, mi nombre es Moisés Mamani Olazabal, emperador de este curso y posible tirano al que ustedes llamarán profesor ¾ Hizo silencio durante casi un minuto, para luego, en tono suave, darnos una magistral clase de neologismos y finalizar con un gesto intrigante, dos palabrejas ininteligibles y dos mierdas perfectamente vocalizadas que nos dejó perplejos.
Entonces, Oscar alzando la mano y sin esperar la venia de “Mamani”, se puso en pie, dijo estar en desacuerdo con su vocabulario porque le parecía de pésimo gusto, sobretodo, viniendo de quien se suponía debía ser nuestro ejemplo en el uso correcto y formal del léxico español. Desde aquel día, “Mamani” comenzó a mirar a Oscar de forma extraña, parecía querer irritarlo con su insistente repetición de lisuras al pasar cerca suyo.
Oscar optó por ignorarlo, ensordecía ante el boquiflojo Mamani, mientras éste gozaba viendo los disfuerzos de serenidad que mostraba su fetiche alumno. Era una batalla sin tregua, no supimos quién iba a llevarse la victoria hasta ese trece de junio, ese viernes trece de junio, el trece de junio más corto de todos los treces de junio que Oscar pudo tener.
Supimos que Oscar se había pasado dos noches enteras sin dormir, preparando su presentación, entre los potentes llantos de su hermanito de tres meses y el cansancio habitual de quien trabaja por las mañanas y asiste a la universidad por las tardes. Con el tiempo cruel e insuficiente de quien se convirtió en el hombre de la casa desde hace seis meses atrás, con un padre fallecido, un hermano convertido en hijo y una madre incansable que supo que lo era después de la muerte del marido.
Oscar había soñado con aquel trece de junio, tenía que haber sido el mejor trece de junio de su historia universitaria, ese trece de junio él debió haberse coronado como el antipático del año para todos nosotros, y no fue así.
Preparó su clase como nunca antes, quería abofetear intelectualmente a “Mamani”, pero ese tipo era un zorro viejo, demasiado canoso como para ser compasivo, un completo antioscares. Aunque el trabajo hubiera sido el más brillante de todos los que había escuchado de alumno alguno en su vida, él tenía que ser el profesor Mamani que Oscar nunca podría olvidar, y vaya que lo fue. No lo dejó hablar más de dos minutos seguidos, interrumpiéndolo con demenciales preguntas.
- ¿Qué fecha es hoy? ¡Mierda que no pueda recordarlo! … Continúe, continúe.
…
- Carajo, ¿Está usted seguro?
…
¿Por qué carajo tomó como referente a ese autor?
…
Dicen que a la tercera va la vencida, pero no para Oscar, con él fue a la cuarta; porque mientras continuaba intentando lucirse explicándonos el funcionamiento de la semántica, interrumpió nuevamente “Mamani”:
- ¿De qué carajo está usted hablando? … Y esa fue la cuarta que Oscar ya no pudo tolerar.
Después de aquella memorable escena, y cuando Oscar ya había abandonado el salón, Mamani, que había permanecido sentado algunos instantes más, se levantó, apagó un cigarrillo a medio acabar, e hizo el siguiente pronunciamiento acerca de lo sucedido.
“Señores, el joven que acaba de salir de este salón es el alumno que, como ningún otro, se ha ganado mi respeto. No he escuchado ni la tercera parte de su trabajo pero sé que es bueno, además debo decir que es el sujeto que mejor vocaliza todas y cada una de las lisuras que utiliza y, por si eso fuera poco, las utiliza de manera impecable”. Después añadió ¾ para mañana todos elaboren un ensayo de tres páginas acerca de su profesor Mamani, evitando todo tipo de falsas insinuaciones lisonjeras y faltas ortográficas. Buenos días, señores ¾ Tomó su libro, lo puso en su sobaco, encendió otro cigarrillo, le dio una buena jalada, soltó el humo y salió con un gran gesto de satisfacción en el rostro y los pasos apurados, como intentando pisar las huellas que Oscar había dejado al irse.

Muy bien narrado!! y entretenido!! saludos!!
ResponderEliminarÉpa!, gracias por el comentario y por la visita amigo!
ResponderEliminarSea bienvenido siempre a este espacio ;)