Desgarrados gritos de auxilio
abrumaron el sosiego de la madrugada, eran apenas alrededor de las dos. El
nuestro era un barrio tranquilo, eventos como ese no sucedían a menudo, sólo
recuerdo una vez, años atrás, cuando hubo un tiroteo a una cuadra en la vieja
botica. Muy de vez en cuando un borrachín, que inmediatamente era reducido por
el guachimán y eso era todo.
Los gritos de la mujer eran
aterradores – ¡Ayudaaaaaaa! ¡No, por
favor noooo! – Luego, más cerca – ¡Por Dios no! ¡Ayúdenmeeeeee! – Después algo
ininteligible.
Unos segundos después un
furibundo – ¡Mierdaaaaaaa! – este
último grito era la vociferación masculina, entre tosca y aguardientosa de
algún fulano, al parecer, ya entrado en años.
La voz femenina que pedía auxilio
al inicio ya no se oyó más.
Muy a mi pesar me incorporé, baje
de la cama, cogí las pantuflas a tientas salí del dormitorio y fui hacia la
sala. En el camino casi tropiezo con Mabel y mi madre, detrás de ellas salía el
viejo refunfuñando. Mabel presionó el interruptor de la luz y nos arremolinamos
inmediatamente en la ventana. Las luces de los otros departamentos continuaban
encendiéndose una tras otra y en unos instantes más, los chirridos de las
puertas empezaron a multiplicarse mientras por las ventanas, las siluetas de
los vecinos, asomaban.
La ventana de la sala daba al
patio, el mismo que conectaba con la calleja principal, de donde parecieron provenir
los gritos. La caseta del guachimán
estaba apagada. En silencio, continuábamos con las narices pegadas al vidrio
intentando ver hacia el patio.
Forzaba inútilmente el alcance de
mi vista; pensando, debió haber sido un gordo cuarentón pendejo que quiso
violar a la mujer, o secuestrarla, seguro ebrio. Quizá ella era una putita más,
de las que andan calentando a los indeseables en la San Juan de Dios…
El viejo rompió el silencio, dijo
que iría a ver. Entretanto ya algunos vecinos empezaban también a bajar de los
pisos superiores.
Con la jodida curiosidad que me
corroe siempre, fui tras el viejo a enterarme del meollo del asunto. Bajamos con
ligereza las antiquísimas escaleras que crujían, pero no como siempre, esta vez
era un crujido tibio y sostenido, como atenuante de la desgracia. Al llegar al
primer piso hubo mucha confusión, muchos cuerpos cubriendo la visibilidad, el
tumulto de curiosos, la mayoría vecinos abajeños, aglutinados en el portón de
entrada al edificio; un par de metros más allá el cuerpo de la mujer, menuda,
esbelta, parecía joven; formalmente vestida, saco y pantalón, la cara envuelta
en sangre que, con la tenue luz, aparentaba un grisáceo brilloso alimentando un
pequeño charco que iba formándose en el piso.
Algunos empezaban a acercarse al
cuerpo, quizá queriendo adivinar si aún vivía (montón de soquetes) no tenían
idea de cómo verificar los signos vitales y empezaban a samaquearla. Me resultó intolerable verlos hacer tal cosa, aún con la repulsión que me
causaba la sangre me atreví a abrirme paso casi a empujones con la única
intensión de tomarle el pulso ya que ninguno de los curiosos parecía saber cómo
hacerlo. Avancé un poco más hacia ella, cuando
la vi tan cerca, a pesar de la miserable iluminación y bajo esa mascarilla de
sangre semicoagulada que cubría parte de su rostro la reconocí, puta madre, era
Luciana. Me inmovilicé. Pensaba (el pulso, el sujeto de la voz aguardientosa, la sangre, está muerta, no, el pulso,
cómo se toma el pulso, dónde carajos estaba dios, los gritos, el frío, la
oscuridad, malditas luces insignificantes, mi madre, y otra vez el pulso, acaso
había olvidado cómo rayos se tomaba el pulso, la última vez que la vi le dije
que era una perra, soy una mierda, el ser más desalmado de esta tierra, no
tenía derecho a decirle todo aquello, quizá no me podrá oír pedirle disculpas,
pedirle perdón, el pulso… carajo, no me he movido un solo centímetro). El viejo
me apartó de un tirón y apenas sentí su temblorosa mano sujetándome el brazo jalándome hacia un costado, percibí su pánico, supe que a veces también él sentía
miedo.
Se arrodilló al lado de Luciana,
estiró los dedos índice y medio, le sujetó la muñeca y presionó. Veinte segundos,
diez más, otros veinte; el rostro del viejo se tornó pálido, sus ojos se aguaron
toditos; luego soltó su muñeca y lloró, por única vez en mi vida lo vi llorar.
Al fin pude moverme, tenía que saber si era cierto, me arrodillé con él, sentí
la humedad de la sangre impregnándose en mi pijama de estúpidos osos naranjas,
la toqué, tomé su mano y sentí la muerte en ella. Ya no me atreví a tomarle el
pulso de nuevo. Mi ropa continuaba absorbiendo la sangre del piso. Limpié un poco su rostro con mis manos, la abracé,
le pedí perdón sin cesar, una y otra vez, con la esperanza de que pudiera oírme,
como si con eso bastara para hacerla despertar. El viejo me apartó un poco, me
abrazó y lloró conmigo, en medio del murmullo de los vecinos, en medio de
nuestro dolor, por fin sentí que el viejo era mi padre, como nunca antes. Era
lo que siempre había deseado; y no fui feliz…
El día que Luciana se fue de casa
me sentí vilmente triunfadora de una guerra imaginaria entre nosotras, una
guerra que yo había inventado inútilmente, una guerra que Luciana nunca aceptó.
Una guerra que yo me empeñe en sostener. Debí quererla, pero siempre la
envidié, incluso llegué a odiarla. Ella era la
buena, la inteligente, la responsable, la hija legítima; yo en cambio era
como un bicho en esa casa, pero no de los bichos peligrosos de los que hay
tener cuidado sino de los insignificantes, nadie se interesaba en mí más de lo
absolutamente necesario, mamá siempre pendiente de Luciana y al cuidado de la
pequeña Mabel y su asma, y el viejo que sólo me hablaba para darme alguna orden
o hacerme algún reproche. El día que me dijeron que no eran mis padres
biológicos me sentí tan ajena a aquellas personas que hasta entonces habían
sido mi familia, aquel día creí que jamás podría competir por el cariño y la
atención que tenía Luciana; aquel día la odié. Tenía apenas once años y la supe
odiar en demasía. Es terrible odiar, aun peor cultivar odios por tantos años
porque luego el resto de la vida no alcanza para quitarse la culpa de encima.
Recuerdo esos días malditos,
Luciana llevaba dos días fuera de casa, nos dijo que iría de viaje a un congreso
de estudiantes, y esa tarde, cuando por desgracia la vi abrazando a un sujeto
maduro, de estatura prominente, cuyo rostro evidenciaba mucho más edad que la
de ella, no lo dude un solo instante, la seguí cuidando que no se percatara de
mi presencia. Y en cuanto me aseguré de la dirección en la que entraba con el
tipo, fui a casa a decírselo al viejo y a mamá, agregándole obviamente detalles
maquiavélicos y morbosos de mi cosecha. Era mi oportunidad, mi momento, quizá
no habría otro igual, fui muy cruel y mis catorce años no me lo impidieron,
llevaba tres años acumulando rencores en el corazón y aquel día los dejé
estallar.
Al día siguiente volvió, el viejo la abofeteó, ella trato
de explicarse, mamá repetía que estaba decepcionada, el viejo la amenazó, ella
no lo soportó y dijo que se iría de casa, él la secundó irónicamente, dónde
iría, mocosa cojuda, quién le iba a pagar los años de universidad que le
faltaban, acaso se prostituiría, se haría amante de ese tipo casado, qué más… Así
continuaba azuzándola el viejo. Mamá oía sollozando y cubriéndose
de cuando en cuando el rostro con las manos; Mabel oyó el griterío, abrió la
puerta de su habitación, tenía la respiración acelerada, a punto de un ataque
de asma, mamá le acercó su inhalador y ambas entraron en la habitación,
cerrando la puerta. El viejo también se fue a la suya, golpeando la puerta al
cerrar.
Luciana parecía desesperada, yo
observaba desde la puerta abierta de mi habitación, tal vez disfrutando,
Luciana me miró directo a los ojos, no con ira sino con tristeza, fue a su
habitación guardó algunas prendas en su maletín rosado (ese que yo detestaba) y
a los pocos minutos salió, yo continuaba ahí, la vi con altanería; me dijo que
era una mala hermana, que sentía lástima por mí; luego me dio la espalda y
caminó hacia la puerta. Enfurecí y le grité que yo podía ser mala hermana pero
no era una puta, una ofrecida, una callejera. Se lo dije mientras se iba, se lo
grite casi en la nuca y no se defendió, ni siquiera se volvió a verme, y otra
vez le grité – ¡te odio puta! – Ella
susurró – Yo no. Cerré la puerta,
apenas lo hice el viejo salió de su habitación, se me acercó y me dio una
bofetada. Quise gritarle, reclamarle, escupirle, pero sólo pude verlo con una
mezcla de rencor e impotencia, fui a mi habitación. Él nunca me querría como a
ella.
Habían pasado ya seis años, el
viejo me seguía viendo desgano, mamá me trataba con su típico cariño mecánico,
casi robótico; Mabel, con cierta indiferencia, como a todos. Muchas veces
extrañé la mirada llena de cariño que solía regalarme Luciana, pero los odios
inefables me sobrepasaron. Supimos poco de ella, algunas pocas veces llamó a
casa y habló con mamá diciendo que estaba bien, que no se preocuparan por ella
y encargando saludos, o por lo menos eso era lo que decía mamá; sólo ella sabe
si tal cosa fue cierta. Yo nunca volví a oír su voz.
Una ambulancia se apareció, los
paramédicos dijeron que estaba muerta, lo dijeron como si fuera un asunto
insignificante, uno de ellos era rechoncho y masticaba un chicle sin mayor
aspaviento.
(¡Desgraciadísimos, ojala fuera su familia y no la mía… puta
madre!)
Entonces, esos cuentos de los
fantasmas que aparecen después de la medianoche, me cayeron encima. Había
ganado mi absurda guerra.

Hola ojitos tiernos, la vida es un pañuelo como dice el dicho, que estés bien.
ResponderEliminarHola amigo lindo, hace mucho que te me has desaparecido eh, no te hagas extrañar mucho pues!
ResponderEliminarTenemos unas clases de baile pendientes, no lo olvides :)
Mucho éxito. Cuídate.