jueves, 26 de mayo de 2011

REFUGIO DE VERANO




Entonces…
Te vi caminando a la orilla de un mar ignoto,
de pronto una palabra casi dicha,
una esperanza casi encontrada,
todo en un irremediable  “casi”.

Despacio, parecen acabarse imponentes olas
allá, donde el espíritu se olvida
o quizá son los demás quienes lo olviden
allá, en medio de esa playa indescifrable,
inexpugnable.

Un ocaso de ilusiones se acerca
y en cuanto la dulce tiniebla lo cubre todo,
el espíritu se recuerda a sí mismo,
las palabras son dichas,
las esperanzas encontradas
y los “casis” juegan a desvanecerse
dejando una sensación placentera,
como hecha de basto erotismo.

La insufrible agonía del espíritu
que finge ahogarse en nimiedades,
en tristezas vanamente holocáusticas
buscando aguas de océanos irreales
donde ahogar sus infelicidades,
caminando descalzo
sobre arenas fantásticas de playas evaporadas.

Allí te vi, y no fue un sueño
fue un tierno y doloroso recuerdo,
una dádiva del espíritu cautivo,
de cuando aún no sabía que era
aquel que tenía que ser.


domingo, 22 de mayo de 2011

CUARTETO

(Cuatro personajes insemejantes, unidos irremediablemente en un terco puñado de versos)


                        I
Un muchachito sumiso
entrecortado con tijeras de papel,
abiertos sus ojos y escondida su alma
en el bosque de aquella señora burda y hética
a la que todos llaman Certeza.


                         II
Un fulano de la calle olvidada
que soñaba con girasoles y calas
y con bichos de colores ,
que añoraba las noches de amor salvaje
con la mujer de pechos grandes y besos pagados
que se hacía llamar Prudencia.


                        III
Un hombre pulcro y elegante
manejando un lamborghini del año
va a más de cien por hora,
huye de fantasmas insufribles
que agonizan en su espejo retrovisor;
desentona  sobre el camino polvoso
del pueblo de la Bonanza.


                        IV
Un tierno niño ausente,
impregnado de angelical aroma,
juega en algún rincón inverosímil
con  camaleones de cristal
y víboras de cascabel,
y susurra,
al enigmático son de un pandero,
canciones de Perfección .



lunes, 16 de mayo de 2011

Clase Magistral

¾  ¡Cállate, viejo decrépito! ¾ Gritó Oscar, mirándolo directamente y sin titubeos. Luego agregó, en un tono increíblemente calmado ¾ Hijo de puta, no tienes idea de todo lo que trabajé en esto,  me quieres cagar enfrente de todos solo porque te caigo mal, así que vete a la mierda carcamal cutre prepotente, tú y tu coprolalia vetusta váyanse al mismísimo infierno…
Inmediatamente cogió con la mano izquierda el maletín que había dejado en la primera mesa de la primera fila del lado de la puerta y avanzó a paso lento pero firme, mientras con la otra mano se iba aflojando el nudo de la corbata color turquesa que, de seguro, se esforzó anudando aquella misma mañana. El silencio inundó el salón, mezclándose con la sigilosa luz que penetraba por entre las hebras de la tela vieja de las cortinas guindas. Cuando, al fin, abrió la puerta y se fue, la claridad se dio paso y pudimos ver el rostro despejado e indiferente de “Mamani”, dueño y señor del curso de lexicología y semántica del penúltimo año de la carrera, setentón complejo e impredecible que de vez en cuando soltaba un par de lisuras porque sí y ya. Tenía la brutal costumbre de un infaltable cigarrillo encendido entre sus dedos y un libro en el sobaco, jamás lo vimos leer ninguno, pero siempre los llevaba ahí, vilmente, entre los hedores axilares.
Era trece de junio, las nueve y media de la mañana aproximadamente, Oscar  era el veinteañero más aplicado de la clase, el que nunca decía lisuras (por lo menos en público), el que nunca incumplía las tareas, el que siempre intervenía oportunamente, en fin, el que repetidas veces se pavoneaba con las felicitaciones de los maestros, era lo que se dice, el “antipático” de la clase.
Su batalla contra “Mamani” surgió aquel mismo año, el primer día de clases, cuando el profesor lanzó algunas lisuras al aire, o quizá a nosotros, que apenas empezábamos a conocerlo. Recuerdo que ese día “Mamani” llegó con una sospechosa serenidad, en realidad todo en él era sospechoso, entró al salón como un espectro, saludó brevemente y se presentó ¾ Soy un hombre que ama el español y que no tolera las faltas ortográficas, mi nombre es Moisés Mamani Olazabal, emperador de este curso y posible tirano al que ustedes llamarán profesor ¾  Hizo silencio durante casi un minuto, para luego, en tono suave, darnos una magistral clase de neologismos y finalizar con un gesto intrigante, dos palabrejas ininteligibles y dos mierdas perfectamente vocalizadas que nos dejó perplejos.
Entonces, Oscar alzando la mano y sin esperar la venia de “Mamani”, se puso en pie, dijo estar en desacuerdo con su vocabulario porque le parecía de pésimo gusto, sobretodo, viniendo de quien se suponía debía ser nuestro ejemplo en el uso correcto y formal del léxico español. Desde aquel día, “Mamani” comenzó a mirar a Oscar de forma extraña, parecía querer irritarlo con su insistente repetición de lisuras al pasar cerca suyo.
Oscar optó por ignorarlo, ensordecía ante el boquiflojo Mamani, mientras éste gozaba viendo los disfuerzos de serenidad que mostraba su fetiche alumno. Era una batalla sin tregua, no supimos quién iba a llevarse la victoria hasta ese trece de junio, ese viernes trece de junio, el trece de  junio más corto de todos los treces de junio que Oscar pudo tener.
Supimos que Oscar se había pasado dos noches enteras sin dormir, preparando su presentación, entre los potentes llantos de su hermanito de tres meses y el cansancio habitual de quien trabaja por las mañanas y asiste a la universidad por las tardes. Con el tiempo  cruel e insuficiente de quien se convirtió en el hombre de la casa desde hace seis meses atrás, con un padre fallecido, un hermano convertido en hijo y una madre incansable que supo que lo era después de la muerte del marido.
Oscar había soñado con aquel trece de junio, tenía que haber sido el mejor trece de junio de su historia universitaria, ese trece de junio él debió haberse coronado como el antipático del año para todos nosotros, y no fue así.
Preparó su clase como nunca antes, quería abofetear intelectualmente a “Mamani”, pero ese tipo era un zorro viejo, demasiado canoso como para ser compasivo, un completo antioscares. Aunque el trabajo hubiera sido el más brillante de todos los que había escuchado de alumno alguno en su vida, él tenía que ser el profesor Mamani que Oscar nunca podría olvidar, y vaya que lo fue. No lo dejó hablar más de dos minutos seguidos, interrumpiéndolo con demenciales preguntas.
  -   ¿Qué fecha es hoy? ¡Mierda que no pueda recordarlo! … Continúe, continúe.
    …
  -  Carajo, ¿Está usted seguro?
   …
   ¿Por qué carajo tomó como referente a ese autor?
   …

Dicen que a la tercera va la vencida, pero no para Oscar, con él fue a la cuarta; porque mientras continuaba intentando lucirse explicándonos el funcionamiento de la semántica, interrumpió nuevamente “Mamani”:

- ¿De qué carajo está usted hablando? … Y esa fue la cuarta que Oscar ya no pudo tolerar.

Después de aquella memorable escena, y cuando Oscar ya había abandonado el salón, Mamani, que había permanecido sentado algunos instantes más, se levantó, apagó un cigarrillo a medio acabar, e hizo el siguiente pronunciamiento acerca de lo sucedido.
“Señores, el joven que acaba de salir de este salón es el alumno que, como ningún otro, se ha ganado mi respeto. No he escuchado ni la tercera parte de su trabajo pero sé que es bueno, además debo decir que es el sujeto que mejor vocaliza todas y cada una de las lisuras que utiliza y, por si eso fuera poco, las utiliza de manera impecable”.  Después añadió  ¾  para mañana todos elaboren un ensayo de tres páginas acerca de su profesor Mamani, evitando todo tipo de falsas insinuaciones lisonjeras y faltas ortográficas. Buenos días, señores  ¾  Tomó su libro, lo puso en su sobaco, encendió otro cigarrillo, le dio una buena jalada, soltó el humo y salió con un gran gesto de satisfacción en el rostro y los pasos apurados, como intentando pisar las huellas que Oscar había dejado al irse.

jueves, 5 de mayo de 2011

A MAMÁ

A propósito de la fecha, y viéndome sutilmente disminuida entre tanto hijo querendón, me corroe la necesidad de auto proclamarme la hija más afortunada y sacar la luz una carta que le escribí a mamá hace un par de años, carta que aún no le entrego,  y con la cual intento describir el amor y la gratitud que nunca serán suficientes para un ser tan maravilloso como ella.
Debo decir también, que mi experiencia de vida me ha llevado a la conclusión de que las madres son seres sobrenaturales y mágicos en cuya función tiene lugar el germen del amor.
Máximos deseos de felicidad para  las madres y para quienes cumplen la función de serlo.

                                                                             Dicen que las personas sabias
                                                                son aquellas que menos parecen serlo.

CARTA A MAMÁ 

Increíble y genial Maggi:
Eres el ser más humano del mundo, y hace más de veinte años tuviste la gentileza de permitirme existir. Me has contado muchas veces que cuando nací y me entregaron en tus brazos, la enfermera te dijo que yo tenía una marca curiosa en la frente y que seguramente iba a ser loquita cuando fuera grande. No sé si ya soy grande, no sé si llegaré a serlo, pero algo loca sí debo estar, definitivamente. Aquella enfermera debió ser una especie de zahorí, vidente o algo así. Nunca he logrado notar la dichosa marca cuando me pongo enfrente del espejo, pero allí debe estar,  tal vez la locura me impida verla.
Aún no tienes ni idea que escribo, te conozco y sé que cuando sepas que lo hago, no te agradará del todo. Imaginas que lo que hago cuando me paso horas enteras en el computador es hacer las prácticas para mis clases o leer documentos para el trabajo, y es que ves con absoluta desconfianza estás reverendas “cojudecitas de la tecnología”, como tú las llamas.  Cada vez que intento enseñarte a manipular el computador y los nuevos aparatejos, llámese mp3, mp4 y cualquier otra eme, me choteas olímpicamente y te vas a “hacer tus cosas”. A ti te basta con saber manipular los artefactos que tengan que ver con los quehaceres de la casa y tu antiquísimo radio, ese radio que yo ya veo como toda una reliquia, que capta sólo en AM, que funciona únicamente a pilas, y que es chiquito pero potentísimo, como tú.
Tú sí que tienes siempre cosas importantes que hacer, y no podría ser de otro modo, de lo contrario, te  hubiera sido imposible hacer sobrevivir a cinco de los siete hijos que, muy joven, las circunstancias poco favorables, te orillaron a tener.
Te amo por la sensatez con la que abordas los conflictos, por tu fortaleza, por tu valentía, el sentido del humor tan mágicamente genuino que posees, y porque eres sencillamente sabia, con esa sabiduría que no se encuentra ni en los libros ni en la escuela.
Has sido mi madre y mi padre y serás siempre la mitad de mi vida. Eres la única persona que tiene la osadía de llamarme “Monchi” y que me jala los pies cuando estoy en pleno contubernio matinal con mi eterno amante Morfeo. Eres la única a quien se lo tolero y así seguirá.
Los años te atosigan con vehemencia, tu cabellera se torna blanquecina y los pliegues en tu piel se fijan con terquedad; sin embargo, a diario te veo plantarte con una vitalidad envidiable antes de las cinco de la mañana, cosa de la que yo soy absolutamente incapaz (porque yo, a esa hora, y con el rubor de la vergüenza ya superada, simplemente no funciono).
No hay nadie más divertida que tú para cambiarle de nombre a los fulanos o los zutanos. Contigo, el viejo médico de la cuadra, don Evaristo, termina llamándose “Don Ruperto” o “el aguelo de la pata guejra” y sólo tú tuviste el talento hogareño para llamar “Clorofila” a la única malhumorada gallina de casa.
Jamás podré terminar de agradecerte que hayas sido la mártir que fuiste por nosotros, tus hijos, y que ya no quiero que sigas siendo, es tu momento de brillar.
Gracias  por haberme puesto los límites donde correspondía, gracias a ti aprendí a saltarme las bardas de lo permisible y aceptarme como soy, y a ser como quiero y cuando quiero, con esa versátil minimización de las críticas y del qué dirán. Me enseñaste lo más importante: buscar siempre ser libre y saber que el daño deliberado hacia otro, impide la libertad.
Para cuando leas esto (si acaso lo haces), seguramente, ya será demasiado tarde para persuadirme de no hacerlo, y habré decidido publicar alguno o varios de los escritos que llevo acumulados, en la clandestinidad del computador.
Espero no haberte decepcionado demasiado y quiero que sepas que haré todo cuanto pueda para hacerte brillar, con ese brillo que nos unta la felicidad, porque si alguien que yo conozca en este mundo se lo merece más cualquiera, eres tú, SEÑORA de mi vida.  Por tanto, recuerda que mereces brillar, brillar mucho.

Te amo siempre.

“Monchi”

martes, 3 de mayo de 2011

SILUETAS SILENCIOSAS



Cada agosto volvías

ansioso de trazos de ilusión
que ayudaran a burlar tus quiméricos temores.

Cada agosto hurtabas mis insolentes afonías,
te me acercabas en demasía,
mis manos rozaban las sinuosas lozanías de tu rostro,
así rompías mis silencios
hasta setiembre,
cuando te desvanecías.

Este agosto extraño y cómplice
trajiste mensajes indescifrables
en el pardo renuente de los ojos,
una mirada ávida de atrapar respuestas
y encerrarlas en jaulas de incienso.

Este último agosto
fue un agosto adiciembrado,

dadivoso,
por fin atrapaste respuestas
y con ellas a ti mismo,
cansado de tanto huir ahora estás quieto
vigilando ocupadas jaulas
y elucubrando estrategias para ser feliz
mientras las siluetas del miedo
sigilosas, de cerca, te observan,
llaman a gritos inútilmente
y luego , derrotadas, se van.

Este agosto hurtaste más que silencios,
robaste también besos

envueltos en versos de lúgubres colores.
Pronto la noche se irá
y con la luz del amanecer de setiembre
podremos hurgar en nuestras pieles otra vez
y quizá, a ojos cerrados, luego dibujarnos
y cubrirnos con versos.