viernes, 11 de noviembre de 2011

NOCHE VIRTU@L


( E n t r e   c l i c s ,    o j o s    y   s u e ñ o s )

Hoy planeaba no escribirte
sujeto insólito de mis medianoches fútiles
esta noche no, me dije,
no te sería infiel con el teclado
ni con las páginas de un libro barato,
hoy me bastaría con recordar
los suaves y articulados arrebatos
de tus horas de locura envidiable.

Y tendría en cuenta el océano de tu nombre,
y la ortografía y los estribillos
y las risas de tus dedos
y los links de ese tu amor llamado adicción.
Y hoy sabría cuán irreverente eres
y cuán soberbia soy,
y enter

 enter

 enter…


Hoy solo quería pensarte
sonriendo y diciéndome al oído
una fórmula para soñar a diario
con la melodiosa paz de tus ojos
y la incalculable serenidad de tu voz .
Y así, planeaba no escribirte
sin embargo aquí me tienes,
(so pretexto de esporádicas amnesias,
esta pendeja noche de sueños infernales)
con las yemas de estos dedos insensatos,
tocándote en silencio otra vez.

Clic

lunes, 12 de septiembre de 2011

DESPUÉS DE MEDIANOCHE



Desgarrados gritos de auxilio abrumaron el sosiego de la madrugada, eran apenas alrededor de las dos. El nuestro era un barrio tranquilo, eventos como ese no sucedían a menudo, sólo recuerdo una vez, años atrás, cuando hubo un tiroteo a una cuadra en la vieja botica. Muy de vez en cuando un borrachín, que inmediatamente era reducido por el guachimán y eso era todo.

Los gritos de la mujer eran aterradores – ¡Ayudaaaaaaa! ¡No, por favor noooo! –  Luego, más cerca – ¡Por Dios no! ¡Ayúdenmeeeeee! –  Después algo ininteligible.

Unos segundos después un furibundo – ¡Mierdaaaaaaa! – este último grito era la vociferación masculina, entre tosca y aguardientosa de algún fulano, al parecer, ya entrado en años.

La voz femenina que pedía auxilio al inicio ya no se oyó más.

Muy a mi pesar me incorporé, baje de la cama, cogí las pantuflas a tientas salí del dormitorio y fui hacia la sala. En el camino casi tropiezo con Mabel y mi madre, detrás de ellas salía el viejo refunfuñando. Mabel presionó el interruptor de la luz y nos arremolinamos inmediatamente en la ventana. Las luces de los otros departamentos continuaban encendiéndose una tras otra y en unos instantes más, los chirridos de las puertas empezaron a multiplicarse mientras por las ventanas, las siluetas de los vecinos, asomaban.

La ventana de la sala daba al patio, el mismo que conectaba con la calleja principal, de donde parecieron provenir los gritos.  La caseta del guachimán estaba apagada. En silencio, continuábamos con las narices pegadas al vidrio intentando ver hacia el patio.

Forzaba inútilmente el alcance de mi vista; pensando, debió haber sido un gordo cuarentón pendejo que quiso violar a la mujer, o secuestrarla, seguro ebrio. Quizá ella era una putita más, de las que andan calentando a los indeseables en la San Juan de Dios…

El viejo rompió el silencio, dijo que iría a ver. Entretanto ya algunos vecinos empezaban también a bajar de los pisos superiores.

Con la jodida curiosidad que me corroe siempre, fui tras el viejo a enterarme del meollo del asunto. Bajamos con ligereza las antiquísimas escaleras que crujían, pero no como siempre, esta vez era un crujido tibio y sostenido, como atenuante de la desgracia. Al llegar al primer piso hubo mucha confusión, muchos cuerpos cubriendo la visibilidad, el tumulto de curiosos, la mayoría vecinos abajeños, aglutinados en el portón de entrada al edificio; un par de metros más allá el cuerpo de la mujer, menuda, esbelta, parecía joven; formalmente vestida, saco y pantalón, la cara envuelta en sangre que, con la tenue luz, aparentaba un grisáceo brilloso alimentando un pequeño charco que iba formándose en el piso.

Algunos empezaban a acercarse al cuerpo, quizá queriendo adivinar si aún vivía (montón de soquetes) no tenían idea de cómo verificar los signos vitales y empezaban a samaquearla. Me resultó intolerable verlos hacer tal cosa, aún con la repulsión que me causaba la sangre me atreví a abrirme paso casi a empujones con la única intensión de tomarle el pulso ya que ninguno de los curiosos parecía saber cómo hacerlo. Avancé un poco más hacia ella, cuando la vi tan cerca, a pesar de la miserable iluminación y bajo esa mascarilla de sangre semicoagulada que cubría parte de su rostro la reconocí, puta madre, era Luciana. Me inmovilicé. Pensaba (el pulso, el sujeto de la voz aguardientosa, la sangre, está muerta, no, el pulso, cómo se toma el pulso, dónde carajos estaba dios, los gritos, el frío, la oscuridad, malditas luces insignificantes, mi madre, y otra vez el pulso, acaso había olvidado cómo rayos se tomaba el pulso, la última vez que la vi le dije que era una perra, soy una mierda, el ser más desalmado de esta tierra, no tenía derecho a decirle todo aquello, quizá no me podrá oír pedirle disculpas, pedirle perdón, el pulso… carajo, no me he movido un solo centímetro). El viejo me apartó de un tirón y apenas sentí su temblorosa mano sujetándome el brazo jalándome hacia un costado, percibí su pánico, supe que a veces también él sentía miedo.

Se arrodilló al lado de Luciana, estiró los dedos índice y medio, le sujetó la muñeca y presionó. Veinte segundos, diez más, otros veinte; el rostro del viejo se tornó pálido, sus ojos se aguaron toditos; luego soltó su muñeca y lloró, por única vez en mi vida lo vi llorar. Al fin pude moverme, tenía que saber si era cierto, me arrodillé con él, sentí la humedad de la sangre impregnándose en mi pijama de estúpidos osos naranjas, la toqué, tomé su mano y sentí la muerte en ella. Ya no me atreví a tomarle el pulso de nuevo. Mi ropa continuaba absorbiendo la sangre del piso. Limpié  un poco su rostro con mis manos, la abracé, le pedí perdón sin cesar, una y otra vez, con la esperanza de que pudiera oírme, como si con eso bastara para hacerla despertar. El viejo me apartó un poco, me abrazó y lloró conmigo, en medio del murmullo de los vecinos, en medio de nuestro dolor, por fin sentí que el viejo era mi padre, como nunca antes. Era lo que siempre había deseado; y no fui feliz…

El día que Luciana se fue de casa me sentí vilmente triunfadora de una guerra imaginaria entre nosotras, una guerra que yo había inventado inútilmente, una guerra que Luciana nunca aceptó. Una guerra que yo me empeñe en sostener. Debí quererla, pero siempre la envidié, incluso llegué a odiarla. Ella era la buena, la inteligente, la responsable, la hija legítima; yo en cambio era como un bicho en esa casa, pero no de los bichos peligrosos de los que hay tener cuidado sino de los insignificantes, nadie se interesaba en mí más de lo absolutamente necesario, mamá siempre pendiente de Luciana y al cuidado de la pequeña Mabel y su asma, y el viejo que sólo me hablaba para darme alguna orden o hacerme algún reproche. El día que me dijeron que no eran mis padres biológicos me sentí tan ajena a aquellas personas que hasta entonces habían sido mi familia, aquel día creí que jamás podría competir por el cariño y la atención que tenía Luciana; aquel día la odié. Tenía apenas once años y la supe odiar en demasía. Es terrible odiar, aun peor cultivar odios por tantos años porque luego el resto de la vida no alcanza para quitarse la culpa de encima.

Recuerdo esos días malditos, Luciana llevaba dos días fuera de casa, nos dijo que iría de viaje a un congreso de estudiantes, y esa tarde, cuando por desgracia la vi abrazando a un sujeto maduro, de estatura prominente, cuyo rostro evidenciaba mucho más edad que la de ella, no lo dude un solo instante, la seguí cuidando que no se percatara de mi presencia. Y en cuanto me aseguré de la dirección en la que entraba con el tipo, fui a casa a decírselo al viejo y a mamá, agregándole obviamente detalles maquiavélicos y morbosos de mi cosecha. Era mi oportunidad, mi momento, quizá no habría otro igual, fui muy cruel y mis catorce años no me lo impidieron, llevaba tres años acumulando rencores en el corazón y aquel día los dejé estallar.

Al día siguiente volvió, el viejo la abofeteó, ella trato de explicarse, mamá repetía que estaba decepcionada, el viejo la amenazó, ella no lo soportó y dijo que se iría de casa, él la secundó irónicamente, dónde iría, mocosa cojuda, quién le iba a pagar los años de universidad que le faltaban, acaso se prostituiría, se haría amante de ese tipo casado, qué más… Así continuaba azuzándola el viejo. Mamá oía sollozando y cubriéndose de cuando en cuando el rostro con las manos; Mabel oyó el griterío, abrió la puerta de su habitación, tenía la respiración acelerada, a punto de un ataque de asma, mamá le acercó su inhalador y ambas entraron en la habitación, cerrando la puerta. El viejo también se fue a la suya, golpeando la puerta al cerrar.

Luciana parecía desesperada, yo observaba desde la puerta abierta de mi habitación, tal vez disfrutando, Luciana me miró directo a los ojos, no con ira sino con tristeza, fue a su habitación guardó algunas prendas en su maletín rosado (ese que yo detestaba) y a los pocos minutos salió, yo continuaba ahí, la vi con altanería; me dijo que era una mala hermana, que sentía lástima por mí; luego me dio la espalda y caminó hacia la puerta. Enfurecí y le grité que yo podía ser mala hermana pero no era una puta, una ofrecida, una callejera. Se lo dije mientras se iba, se lo grite casi en la nuca y no se defendió, ni siquiera se volvió a verme, y otra vez le grité – ¡te odio puta! – Ella susurró – Yo no. Cerré la puerta, apenas lo hice el viejo salió de su habitación, se me acercó y me dio una bofetada. Quise gritarle, reclamarle, escupirle, pero sólo pude verlo con una mezcla de rencor e impotencia, fui a mi habitación. Él nunca me querría como a ella.

Habían pasado ya seis años, el viejo me seguía viendo desgano, mamá me trataba con su típico cariño mecánico, casi robótico; Mabel, con cierta indiferencia, como a todos. Muchas veces extrañé la mirada llena de cariño que solía regalarme Luciana, pero los odios inefables me sobrepasaron. Supimos poco de ella, algunas pocas veces llamó a casa y habló con mamá diciendo que estaba bien, que no se preocuparan por ella y encargando saludos, o por lo menos eso era lo que decía mamá; sólo ella sabe si tal cosa fue cierta. Yo nunca volví a oír su voz.

Una ambulancia se apareció, los paramédicos dijeron que estaba muerta, lo dijeron como si fuera un asunto insignificante, uno de ellos era rechoncho y masticaba un chicle sin mayor aspaviento.

(¡Desgraciadísimos, ojala fuera su familia y no la mía… puta madre!)

Entonces, esos cuentos de los fantasmas que aparecen después de la medianoche, me cayeron encima. Había ganado mi absurda guerra.


jueves, 8 de septiembre de 2011

LA HISTORIA FELIZ


Hoy me he plantado aquí, frente al computador con la firme convicción de escribir una historia  feliz, llevo casi ocho horas librando una batalla brutal (casi demencial) contra el teclado y no logro escribir nada digno de ser leído; aunque suene poco verosímil, esto es lo único que logré dejar escrito después de decenas de líneas redactadas e inmediatamente borradas.

¿No soy capaz de concebir una historia feliz?...

¡Exijo una explicación!

(A quien quiera que la tenga, sírvase guardársela) Gracias.

Esto es todo cuanto puedo decir acerca de esta mi gran historia feliz, y culmino estas escuetas líneas prometiendo firmemente, con una mano en el pecho y la otra en el techado, no volver a intentarlo. Y con todo, también prometo intentar no cumplir esa promesa.


Yo

sábado, 30 de julio de 2011

UN MAIL A DIEGUITO



Me dirijo a ti con el inmenso cariño que te tuve desde que estabas ahí, pululando en el líquido amniótico de la pancita de tu mamá, mi hermana.

Comenzaste a existir en épocas en las que yo empezaba a morirme en los camastros del viejo hospital general, épocas que seguramente no recuerdas y está bien que no lo hagas. Desde aquel entonces te tengo un cariño casi materno, eres un niño estupendo. Tus padres son afortunados de serlo porque cuando crezcas, serás más maravilloso de lo que ya eres ahora.

Tu madre tuvo el afortunado y muy feliz desatino de ir a verme al hospital siempre que pudo e incluso haciendo peripecias, cuando no podía, y te llevaba dentro suyo a visitar a tu entonces enferma tía adolescente, en aquellos mis tiempos de metamorfosis.

Te escribo hoy que, en uno de los días de lucidez, te tengo presente y me arrancas estas risas al recordarte, TOTOMÍ. Seguramente cuando crezcas odiarás que te llame así, y espero sepas disculparme pues pretendo continuar haciéndolo. Creo que me he ganado ese derecho, los sendos pelotazos que recibo y las muchas gotas de sudor que derramo mientras me sometes a la feliz tortura de jugar contigo esas pichangas inacabables en el polvoriento patio la de casa, el disfrutar de esos tus abrazos totales cuando llego de visita, y que siempre me hagas partícipe de cuanto juego se te ocurre, me otorgan esa trascendental licencia.

Sabes, si tuviera la chance de pasar más tiempo contigo y, una vez más, te me acercaras con tu vieja pelotita en el brazo, proponiéndome ir a jugar “fubol”, iría de inmediato, como siempre, dejando a un lado el libro que fuera, o apagando el televisor aunque esté dando mi serie favorita, y es que esas ficciones no pueden ser mejores que las épicas jornadas lúdicas en las que tú, con apenas 6 años, eres capaz de instruirme tan eficientemente. 

Recuerdo que las dos primeras cosas que compré con mi primer sueldo fueron, un abrigo para mi madre (me lo había prometido a mí misma) y lo otro fue un juego para armar figuras con cuadrículas, de esos de los que usualmente los niños pierden la mitad de las piezas en un par de días, te lo mande por tu cumpleaños el año pasado que cumpliste 5 y que no pude estar contigo por el “bendito” trabajo. Y fue increíble ver que en mi última visita sacaste la caja (en muy buen estado) con las piecitas completas y me dijiste ¡vamos a armar!... me enseñaste como engarzar las piezas y en tu tierna ingenuidad, casi me regañaste por no recordar como manipular tal juego, si había sido yo quien te lo había regalado. Imagino que debes haber estado pensando “¡que tontos y olvidadizos son los grandes a veces!”. Y es cierto.

Te platico ahora estas sutilezas porque muy probablemente cuando, en algunos años más, ya seas todo un adolescente y un deportista sobresaliente, no querrás que te avergüence con estas anécdotas y es más que seguro que ya no querrás jugar fútbol con esta tu tía incompetente en la práctica del deporte que tanto te gusta. Espero que para entonces te hayas acostumbrado a que te siga llamando TOTOMI y hayas disculpado mi atrevimiento de platicar estas intimidades a través de estas líneas que, muy probablemente, ya habré hecho públicas, gracias al impertinente rincón que ocupo en la red.

Sin más, me comprometo a cumplirte estas dos promesas.

Primero, prometo ya no ser la tía que siempre decía que volvería a visitarte el próximo fin de semana, y que casi siempre demoraba meses en llegar. Y segundo, prometo no divulgar públicamente la historia del motivo por el cual te digo TOTOMÍ (todo un reto para mí, ten en cuenta que yo soy muy mala guardadora de secretos, porque en mis delirios de escribidora casi siempre lo cuento todo, y a veces, más que eso).
Sólo me queda agradecerte mucho el haberle dado a mi enredada vida esas pequeñas gigantes dosis de ternura y alegría, y haberme elegido para ser tu tía favorita aunque a veces no lo merezca.

 P.D.
Ah, olvidaba una promesa más.

Prometo, por último, ser la tía que irá a verte al estadio y te aplaudirá en todas tus finales de campeonato.




Junio de 2010

jueves, 16 de junio de 2011

TARDES Y tardes


Captura furtiva de locuras, de lamentos y de secretos roídos,
de aquellos que a la tumba se deberían llevar,
doblega la dureza de esta tarde incolora
como besos desiertos,
como fútiles promesas de curas incastos.

Terminará la tarde
y volveré a casa despacio
pisando hierbas y caricias de algodón
que han de morir a pocos,
como aquel disfraz huidizo
de un sosiego que no logro alcanzar.


Uno de estos días escribiré cartas
y abriré enormes puertas,
romperé cerrojos con lágrimas de euforia vital
y me reflejaré en hermosos ojos,
haré cuanto tenga que hacer
para liberar las locuras,
acallar los lamentos
y gritar los secretos
ante un público que quiera abuchearme.

Luego me disfrazaré de sosiego
y seré paz en mi viejo rincón;
en los días de locura
leeré las cartas de mi autor
y en las noches de lucidez
haré el amor con los recuerdos.



jueves, 26 de mayo de 2011

REFUGIO DE VERANO




Entonces…
Te vi caminando a la orilla de un mar ignoto,
de pronto una palabra casi dicha,
una esperanza casi encontrada,
todo en un irremediable  “casi”.

Despacio, parecen acabarse imponentes olas
allá, donde el espíritu se olvida
o quizá son los demás quienes lo olviden
allá, en medio de esa playa indescifrable,
inexpugnable.

Un ocaso de ilusiones se acerca
y en cuanto la dulce tiniebla lo cubre todo,
el espíritu se recuerda a sí mismo,
las palabras son dichas,
las esperanzas encontradas
y los “casis” juegan a desvanecerse
dejando una sensación placentera,
como hecha de basto erotismo.

La insufrible agonía del espíritu
que finge ahogarse en nimiedades,
en tristezas vanamente holocáusticas
buscando aguas de océanos irreales
donde ahogar sus infelicidades,
caminando descalzo
sobre arenas fantásticas de playas evaporadas.

Allí te vi, y no fue un sueño
fue un tierno y doloroso recuerdo,
una dádiva del espíritu cautivo,
de cuando aún no sabía que era
aquel que tenía que ser.


domingo, 22 de mayo de 2011

CUARTETO

(Cuatro personajes insemejantes, unidos irremediablemente en un terco puñado de versos)


                        I
Un muchachito sumiso
entrecortado con tijeras de papel,
abiertos sus ojos y escondida su alma
en el bosque de aquella señora burda y hética
a la que todos llaman Certeza.


                         II
Un fulano de la calle olvidada
que soñaba con girasoles y calas
y con bichos de colores ,
que añoraba las noches de amor salvaje
con la mujer de pechos grandes y besos pagados
que se hacía llamar Prudencia.


                        III
Un hombre pulcro y elegante
manejando un lamborghini del año
va a más de cien por hora,
huye de fantasmas insufribles
que agonizan en su espejo retrovisor;
desentona  sobre el camino polvoso
del pueblo de la Bonanza.


                        IV
Un tierno niño ausente,
impregnado de angelical aroma,
juega en algún rincón inverosímil
con  camaleones de cristal
y víboras de cascabel,
y susurra,
al enigmático son de un pandero,
canciones de Perfección .