Me dirijo a ti con el inmenso
cariño que te tuve desde que estabas ahí, pululando en el líquido amniótico de
la pancita de tu mamá, mi hermana.
Comenzaste a existir en épocas en
las que yo empezaba a morirme en los camastros del viejo hospital general, épocas
que seguramente no recuerdas y está bien que no lo hagas. Desde aquel entonces te
tengo un cariño casi materno, eres un niño estupendo. Tus padres son
afortunados de serlo porque cuando crezcas, serás más maravilloso de lo que ya
eres ahora.
Tu madre tuvo el afortunado y muy
feliz desatino de ir a verme al hospital siempre que pudo e incluso haciendo
peripecias, cuando no podía, y te llevaba dentro suyo a visitar a tu entonces
enferma tía adolescente, en aquellos mis tiempos de metamorfosis.
Te escribo hoy que, en uno de los
días de lucidez, te tengo presente y me arrancas estas risas al recordarte, TOTOMÍ.
Seguramente cuando crezcas odiarás que te llame así, y espero sepas disculparme
pues pretendo continuar haciéndolo. Creo que me he ganado ese derecho, los
sendos pelotazos que recibo y las muchas gotas de sudor que derramo mientras me
sometes a la feliz tortura de jugar contigo esas pichangas inacabables en el
polvoriento patio la de casa, el disfrutar de esos tus abrazos totales cuando
llego de visita, y que siempre me hagas partícipe de cuanto juego se te ocurre,
me otorgan esa trascendental licencia.
Sabes, si tuviera la chance de
pasar más tiempo contigo y, una vez más, te me acercaras con tu vieja pelotita
en el brazo, proponiéndome ir a jugar “fubol”,
iría de inmediato, como siempre, dejando a un lado el libro que fuera, o
apagando el televisor aunque esté dando mi serie favorita, y es que esas
ficciones no pueden ser mejores que las épicas jornadas lúdicas en las que tú,
con apenas 6 años, eres capaz de instruirme tan eficientemente.
Recuerdo que las dos primeras
cosas que compré con mi primer sueldo fueron, un abrigo para mi madre (me lo
había prometido a mí misma) y lo otro fue un juego para armar figuras con
cuadrículas, de esos de los que usualmente los niños pierden la mitad de las
piezas en un par de días, te lo mande por tu cumpleaños el año pasado que
cumpliste 5 y que no pude estar contigo por el “bendito” trabajo. Y fue
increíble ver que en mi última visita sacaste la caja (en muy buen estado) con
las piecitas completas y me dijiste ¡vamos a armar!... me enseñaste como
engarzar las piezas y en tu tierna ingenuidad, casi me regañaste por no
recordar como manipular tal juego, si había sido yo quien te lo había regalado.
Imagino que debes haber estado pensando “¡que
tontos y olvidadizos son los grandes a veces!”. Y es cierto.
Te platico ahora estas sutilezas
porque muy probablemente cuando, en algunos años más, ya seas todo un adolescente
y un deportista sobresaliente, no querrás que te avergüence con estas anécdotas
y es más que seguro que ya no querrás jugar fútbol con esta tu tía incompetente
en la práctica del deporte que tanto te gusta. Espero que para entonces te
hayas acostumbrado a que te siga llamando TOTOMI y hayas disculpado mi
atrevimiento de platicar estas intimidades a través de estas líneas que, muy
probablemente, ya habré hecho públicas, gracias al impertinente rincón que
ocupo en la red.
Sin más, me comprometo a
cumplirte estas dos promesas.
Primero, prometo ya no ser la tía
que siempre decía que volvería a visitarte el próximo fin de semana, y que casi
siempre demoraba meses en llegar. Y segundo, prometo no divulgar públicamente
la historia del motivo por el cual te digo TOTOMÍ (todo un reto para mí, ten en
cuenta que yo soy muy mala guardadora de secretos, porque en mis delirios de
escribidora casi siempre lo cuento todo, y a veces, más que eso).
Sólo me queda agradecerte mucho
el haberle dado a mi enredada vida esas pequeñas gigantes dosis de ternura y
alegría, y haberme elegido para ser tu tía favorita aunque a veces no lo
merezca.
P.D.
Ah, olvidaba una promesa más.
Prometo, por último, ser la tía
que irá a verte al estadio y te aplaudirá en todas tus finales de campeonato.
Junio de 2010